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Wingardium LeviosaAnd the Half Blood Inspector October 14 FinEsta va a ser la última entrada auténtica de este blog. El mes de octubre está siendo para mí un tiempo de despedidas, y también de nuevos comienzos. Hace una semana terminó el curso de formación, y con él, quizá el mejor año de mi vida (seamos optimistas, digamos uno de los mejores, uno para el recuerdo). Los últimos días fueron agotadores, drenantes, extenuantes. Dos exámenes, varias noches de salir y apurar los últimos momentos juntos, pocas horas de sueño y cierta morriña anticipada. Después los adioses, unos más definitivos que otros, y con la incertidumbre de cuáles son cuáles. A algunos los seguiré viendo en Madrid, durante las prácticas, hasta fin de año. A otros me los encontraré en Barcelona, a partir de enero. Todos tenemos cierta idea de dónde queremos acabar, pero nadie puede darlo por seguro. De momento, me queda el día 23: la entrega de diplomas y la elección de destino. Después... la vida adulta como tal, supongo.
Esta semana de lapso entre una realidad y la siguiente la he pasado en Zaragoza, volviendo a las raíces. Fiestas tradicionales, reencuentro con amigos y reencuentro con los Héroes del Silencio, que tanto marcaron el final de mi adolescencia Y Sara y Raúl, conectando este regreso al pasado con lo que he vivido este año: nuevos amigos de los que valen un tesoro, de los que no sé cómo voy a hacer pero que no quiero perder.
Los tres últimos días en Zaragoza se podrían resumir con el siguiente titular: "La Superpoblación: Un Puto Infierno".
Los Héroes estuvieron inmensos, poderosos, geniales como hace diez años. Más maduros, igual que su público, que en lugar de mecheros ahora enciende móviles, y que no desencadena avalanchas kamikazes cuando Bunbury grita la palabra clave. Ya somos más viejos y sinceros, y qué más da, si miramos la laguna como llaman a la eternidad... Fue una noche inolvidable, de las que dejan una sensación de contento duradero, de haber recuperado una riqueza que ni nos dábamos cuenta de que habíamos perdido.
Mañana empezamos las prácticas. Sé que estos meses van a ser de los más estériles de mi vida (y mira que los ha habido...), pero supongo que viene a ser mi primer día de trabajo, el inicio de mi carrera, el primer día del resto de mi vida.
FIN August 16 Este blog cumple hoy dos años :)Quince días de vacaciones ya han pasado. Quedan otros quince (aprox).
Y hoy he cumplido... ¡¡treinta años!!
Creía que no me iba a afectar, ya que en lo que va de 2007 he visto cumplir los treinta a un nutrido grupo de amigos; pero en carne propia se sigue sintiendo más. Da un poco de miedo, pero la sensación es optimista; como dijo un amigo mío al cumplirlos, nos seguimos sintiendo como unos críos. Supongo que los treinta ya no son lo que eran.
Ha sido un día tranquilo, pero perfecto; una celebración sencilla (como esta entrada), que es justo lo que me apetecía. Ya vendrán las juergas en septiembre... Y en estos próximos días apenas voy a tener tiempo para pensar: el sábado la boda de una amiga (el viernes por la tarde, prueba de sonido en la iglesia, voy a cantar una cancioncilla con la guitarra, nada que no haya hecho antes), y el domingo nos vamos a China. ¡Qué ganas tengo! A la vuelta os lo contaré todo, todo.
Por cierto, que en este año de los treinta mi vida va a dar un cambio radical, y puede que para "calentar" empiece por este blog... Me he dado cuenta de que tengo un número de visitas inverosímil (sobre todo si consideramos que llevo cero comentarios desde ni se sabe cuándo), y ahora caigo que el nombre del blog lleva a error, sobre todo desde que los fans de Harry Potter andan como locos queriendo comentar sus impresiones sobre el último libro de la saga, y buscando los foros adecuados para ello. Quizás empiece un nuevo blog, con una nueva dirección y una nueva presentación; si lo hago, me despediré aquí dejando indicada mi nueva localización, así como una útil lista de enlaces a páginas realmente dedicadas a los magos alumnos de Hogwarts, en general, y a los hechizos para hacer volar objetos, en particular (sí, eso es precisamente lo que es Wingardium Leviosa...).
Hasta entonces, o al menos hasta que vuelva de China, mis más cordiales saludos a todo el que lea esto, y que vuestro mes de agosto sea al menos tan gratificante como el mío. July 26 Veinticuatro horas con EvaLa historia de este día especial se la dedico a Eva, mi Hada Madrina. No sé si lo he explicado aquí alguna vez, pero en nuestro curso la mitad de la gente viene de promoción interna (ya estaban en la Administración y han subido de puesto) y la otra mitad de turno libre (los que nos hemos hecho funcionarios por primera vez), lo que supone ciertas diferencias técnicas, así como una capacidad económica algo descompensada (ellos cobran su sueldo anterior, aproximadamente el triple que nosotros). Por ello, es tradición en la Escuela que los de promoción interna apadrinen a los de turno libre, les paguen alguna copa de vez en cuando, y así ayuden a que todos podamos llevar el mismo tren de vida, al menos en lo que a salir o ir de fiesta juntos se refiere.
Mi madrina es Eva, pero nuestra relación en general no es de tipo económico (ninguna de las dos somos de las que se dejan medio sueldo en copas, para empezar). Es una persona muy especial, dulce y cariñosa, siempre alegre y que se lleva bien con todo el mundo, con una sonrisa que conquista al más estirado; una verdadera Hada Madrina. Y ayer pasamos juntas uno de los días emblemáticos del curso.
Mi relato empieza el martes 24 de julio, a las cuatro de la tarde. Examen final de IVA, quizá el más hueso del curso. El fin de semana ha sido agotador, y todos comentamos que hemos recordado con vividez cómo era nuestra vida de opositores. Traumático. El examen, larguísimo; cuatro horas. El profesor, una especie de padre de toda la promoción, haciéndonos reir con sus comentarios habituales, muchos de los cuales han pasado a formar parte de nuestra jerga. "No sé, no sé" (con una entonación especial), "No te pispas, estás aún subido a los árboles", "Chico, súbete una" o "Si la abuela tuviera... sería el abuelo", entre otras. Y entre broma y broma, con la excusa de cualquier pregunta inocente, resolviéndonos medio examen (del otro medio, algún que otro punto se lo deberé a mi compañero de al lado, cuyo nombre omito por razones de seguridad, que me estuvo explicando, en pleno examen, con toda precisión y gran lujo de detalles; le debo una - mejor dicho, le debo otra).
A la salida, todo rastro de cansancio desaparece. ¡Es nuestro aniversario! Hace un año que salió publicada la lista de aprobados de la oposición; el día que cambió nuestras vidas. Eva y yo nos vamos juntas a su casa, porque me voy a quedar allí a dormir; yo conocía a su novio Alfonso sólo de vista, pero ahora descubro que es un tío genial, divertidísimo. Un café para acabar de despejarnos (tenemos grandes planes para la noche, que incluyen no despertar a Alfonso a horas intempestivas...), una ducha y nos ponemos guapas. A las diez y cuarto estamos ante el Bernabéu con otros compañeros que nos hemos encontrado en el vagón del metro, y con ganas de hincarle el diente a lo que sea. Entramos al restaurante (RealCafé Bernabéu), que está en plenas gradas del estadio, al aire libre y con vistas al césped. No falta casi nadie, y todos se han puesto guapos para la ocasión. La comida está rica, pero es bastante escasa; los que han venido con hambre, sobre todo los chicos, miran desconsolados las dos minúsculas piezas de solomillo y las dos mitades de patata en miniatura que componen el plato principal. Los demás nos preocupamos de lo mucho que se sube el vino con el estómago semi-vacío, pero no nos preocupamos lo suficiente como para parar de brindar. ¡Por la Décima (que somos nosotros, nuestra promoción)! ¡Por la Novena (rememorando el típico lapsus que deja a alguno marcado para todo el curso)! ¡Por nosotros! Vicente brinda porque repitamos pronto otro viaje como el de Valencia; a ése me uno de todo corazón.
Después de la cena, allí mismo hay una terraza para tomar copas. De nuevo, igual que la comida, un poco sablazo; sobre todo, como apunta Dídac, mucha racanería, dando un precio y después a la hora de cobrarlo diciendo que eso era sin IVA. ¡Sin IVA! ¡Y nos lo dicen a nosotros, con la tardecita de IVA que llevamos! Está claro que en estos casos no pagas tanto el producto que consumes como el lugar; pero lo gracioso del tema es que, en un grupo como somos procedente de toda España, hay mucho antimadridista al que me imagino que no le hará ni puñetera gracia financiar eso. El ambiente está genial, la música nada del otro jueves, pero la temperatura, el escenario, la gente... Hacemos miles de fotos (se ríen de mí y me preguntan si tengo sangre japonesa, pero mañana estarán encantados de que les haga una copia), y yo no me despego de mi Madrina. Estoy descubriendo que tenemos muchas más cosas en común de lo que me imaginaba: por ejemplo, a las dos nos gustan la Guerra de las Galaxias, El Señor de los Anillos y Harry Potter; y las dos encontramos más fácil llevarnos bien con los chicos que con las chicas.
A las tres y media nos echan del estadio con la excusa de que si viene la Policía, se monta una gorda por exceder la hora de cierre. Algunos están empeñados en ir a cierto local donde ya hemos estado varias veces, y que no sé muy bien qué le ven; yo sólo estuve la primera vez que fuimos y me pareció un tanto desagradable. De todos modos, todo sea por preservar la unión y buen rollito de la Décima. Cogemos una docena de taxis y nos plantamos allá; el local ha cambiado de nombre, pero no de estilo. En la puerta, dos gorilas trajeados exigen a cada chico 20 euros por entrar. Dídac, con su camiseta y sus deportivas de siempre, se niega en redondo a pasar por el aro (es mi ídolo). Intentan convencerle y casi lo consiguen, pero tanta tontería va demasiado en contra de sus principios. Yo me posiciono: comento que me parece justo que las chicas dividamos el coste con los chicos, si es que quieren entrar, pero al mismo tiempo aseguro que si yo fuera tío no entraría. No voy a pagar semejante cantidad por entrar a un local abarrotado de gente, con una música infumable y lleno de viejos babosos y jovencitas ganándose la vida, aunque a cambio me den una copa que en barra cuesta 10 euros (precio ya de por sí excesivo).
Muchos ya han entrado, y evidentemente no les vamos a hacer salir; los que quedamos fuera, diez o quince, nos acercamos a otro garito que hay en la misma calle, pero está cerrado. La unión y buen rollito de la Décima peligran. Alguno habla de irse a casa; Eva y yo comentamos nuestra intención de acabar la noche tomando chocolate con churros... Vicente se cansa de esperar una decisión y se dirige a la entrada del local con paso firme y decidido; no sé si los gorilas están despistados o si se están tomando un descanso, pero no le cierran el paso y entra sin más. A alguno le ha seducido nuestra idea de los churros, pero ¿dónde vamos a encontrarlos a las cuatro de la mañana? Sonrío con condescendencia; al fin y al cabo, son todos "de provincias" (es una broma nuestra, hay un profesor que usa mucho esa expresión y no nos gusta nada, porque Madrid es igual de provincia que las demás) y no conocen los pequeños encantos de la capital. Les hablo de San Ginés, que está abierto toda la noche, y después de despedir a algunos que definitivamente se van a dormir, una pequeña expedición cogemos un taxi y nos vamos para allá: Domingo, Dídac, Eva y yo.
Tras el "desayuno nocturno", los dos chicos deciden irse para casa, pero Eva tiene ganas de bailar, así que volvemos en busca del resto de la promoción, a los que encontramos saliendo del garito. Iniciamos una larga marcha por la ciudad en busca de otro sitio para continuar la fiesta. Vicente tiene el puntito de alcohol justo para empezar a hablar con lengua de trapo y presentar un sentido del equilibrio pelín dudoso; Eva y yo opinamos que está más mono y más gracioso que nunca. Sólo después de más de media hora de caminata, nos damos cuenta de que los que se van turnando para guiarnos son los más borrachos, alguno de los cuales ya no se acuerda de a dónde se supone que nos estaba llevando. Una visita de diez minutillos a un after cutre y maloliente, y Eva y yo decidimos que nos vamos a casa, porque:
1. Estamos a diez minutos escasos andando.
2. El sol está saliendo ya.
3. Son las siete, que es cuando se levanta Alfonso, y por tanto podemos dar por cumplido el objetivo de no despertarle.
Como me estoy extendiendo mucho, resumo: cinco horas de sueño, después una hora de estrés en situación crítica, cuando meto la tarjeta de mi cámara en el ordenador de Eva de forma incorrecta y no hay manera de sacarla. Al final, mientras Eva ya está buscando en las Páginas Amarillas una tienda de reparación de ordenadores, consigo extraerla con la ayuda de dos clips retorcidos, muchas inspiraciones profundas y mucha paciencia. El momento de meterla en la cámara y comprobar que las fotos siguen ahí, no tiene precio (tampoco para los vecinos, que debieron de llevarse un buen susto con nuestros gritos). Después una comida en el VIPS camino de la Escuela, y después a clase.
Después de mis veinticuatro horas con Eva, paso las dos siguientes con Vicente, de manera muy divertida. Nuestro "subgrupo" de Prácticas de Inspección no tiene clase de 16:00 a 18:00 (la hemos tenido por la mañana; él ha ido durmiendo sólo dos horas, yo ni me lo he planteado), así que encontramos la mejor forma de sacarle jugo a un tiempo precioso. Subimos a la segunda planta, ya casi desierta por las vacaciones, encontramos un sofá cómodo, y nos pegamos una siesta por todo lo alto. En las dos horas, sólo tenemos una pequeña interrupción. Oigo como en sueños la voz de Eva acercándose por el pasillo, y tardo un poco en comprender que ha salido de su clase para contestar una llamada de su novio. Pienso que le va a hacer gracia la escena, porque nos quiere mucho a los dos (ella ha compartido todo el año las clases de inglés con Vicente, igual que yo con Dídac, y precisamente anoche comentábamos que nuestra opinión de los dos no puede ser más elevada). Cuando llega a donde estamos nosotros, se para en seco, suelta su risa de campanilla (pero suavecito) y susurra al teléfono: "Cariño, no te vas a creer lo que estoy viendo: dos indigentes durmiendo en un sofá de la Escuela. Sí. Celina y Vicente...".
Mi acompañante también sonrie y murmura sin despertarse del todo: "Vicente el Indigente..."
Eva se aleja sin hacer ruido, y nosotros volvemos al reino de Morfeo.
No sé que va a ser de mí cuando se acabe este curso...
July 19 Viva ValenciaNo tenía intención de escribir esta entrada hasta dentro de unos días, porque el martes que viene tengo el que posiblemente sea el examen más fuerte del curso, y el cansancio y los nervios me tienen la creatividad algo bloqueada. El ambiente en clase es menos tenso que durante la histeria colectiva que hubo el mes de enero (ahora somos más viejos y más sabios, y además estamos más cansados y tendemos a pasar de todo), pero no obstante se nota un feeling distinto del habitual; la gente sigue sin prestar la más mínima atención durante las clases, pero ahora es porque estamos todos subrayando la Ley y discutiendo dudas y puntos conflictivos. Casi parecemos un grupo de auténticos estudiosos, un think tank, como decía nuestro libro de inglés que era este Instituto.
Sin embargo, el pasado fin de semana fue demasiado memorable como para dejarlo pasar sin pena ni gloria, incluso como para aparcarlo hasta mejor momento. Además, el martes que viene no sólo es la fecha del macro-examen, sino mucho más importante, el primer aniversario de la publicación de nuestro aprobado de la oposición. Por supuesto, nos parece de muy mal gusto que la dirección de la Escuela haya hecho coincidir ambos eventos; pero a cambio, a la salida del examen nos iremos todos de cena y no volveremos a casa hasta que salga el sol. El martes 24, vamos a quemar Madrid... Y eso significa que después quizás tendré más cosas que contar, que podrían quitarle su merecido protagonismo a nuestro último viaje. El fin de semana pasado, después de meses de preparativos y expectación, un grupo bastante extenso de compañeros de clase (y sus parejas) nos fuimos a conocer la ciudad de mis queridos valencianos... Tiene gracia que hasta hace un par de años no tuviera yo muy buen concepto de ese colectivo (experiencias personales varias, quizá algún día os las cuente y compare), y en cambio ahora sean mis chicos favoritos, todos y cada uno de ellos. Y este finde han consolidado su buena imagen, porque han estado inmensos. La mayoría de la gente tenía billetes para diversos trenes de la tarde, pero Andie y yo hicimos como los autóctonos y nos fuimos en coche, saliendo para ello de la Escuela en el descanso de las 11:00; evitar el atasco de la A-3 un 13 de julio bien vale tener falta en una clase... Así, llegamos a Valencia a una hora más que decente (a pesar de que los dos coches nos juntamos a medio camino para comer, y nos concedimos una generosa hora y media para ello), y pudimos aprovechar la tarde para quedar con una amiga mía de la universidad, Cristina, y su novio, con los que dimos una vuelta rápida por el centro de la ciudad y tomamos un refresco de media tarde. Hacía mucho que no la veía, así que fue un encuentro muy satisfactorio; y comprobé que la ciudad es mucho más bonita de lo que yo la recordaba, y eso que mi visita anterior sigue figurando en mi memoria bajo el epígrafe de “fin de semana más romántico de mi vida”. Ésa es otra historia, pero es una que seguramente nunca llegaré a contar aquí... La noche del viernes, ya llegados todos (o casi todos) los integrantes de la expedición, los valencianos nos tenían reservada una cena en pleno Puerto de la Copa América, junto al Alinghi (el restaurante se llamaba Defender), así como copas a precio amigo, merced al hermano de la novia de uno de los anfitriones, que trabajaba allí. La mañana del sábado la pasamos en la playa de El Saler, donde me lo pasé en grande jugando al balón, bañándome y tomando el sol, a pesar de que casi me ahogo (en pleno Mediterráneo, qué patético) y de que mi crema solar factor 10 no me salvó de quemarme como un cangrejillo. Y de allí, directamente, a la siguiente gran cita gastronómica: arroz caldoso (o caldós, o caldòs, o como se escriba en valenciano) con cangrejo. ¡¡Qué rico estaba!! Aquello fue un verdadero festín, desde la guasa de los baberos de plástico que nos repartieron antes de empezar hasta las bravuconadas finales, en que los chicos presumían de haberse comido tres, cuatro o cinco platos de arroz. Sólo más tarde nos enteramos de que, aunque éramos 22, nos habían servido comida para 25, que era nuestra reserva inicial (y os puedo asegurar que allí no quedaron ni los restos). La tarde fue más relajada, algunos se quedaron en la playa, otros fueron a ducharse al hotel y a echar una siesta, y después unos cuantos quedamos para dar otro paseíto por el centro y acudir al siguiente gran momento del viaje: tomar agua de valencia, en el Café Madrid (que es donde se inventó). Allí sólo llegamos diez personas (a cierto austríaco lo perdimos por el camino, porque se fue a un pub irlandés a ver a Austria jugar los cuartos de final del Mundial de Fútbol sub-20; hombres...), así que me cuento entre la minoría privilegiada que no se perdió ninguno de los grandes hitos del viaje. El agua de valencia me gustó un montón, y aún hoy seguimos esperando que nuestro valenciano anfitrión de ese momento (se fueron turnando todo el finde para no dejarnos solos ni un minuto) nos averigüe los ingredientes y proporciones exactas. Yo ya tengo las naranjas preparadas en casa... El sábado culminó en barbacoa y botellón (pero en fino y glamouroso, claro), en la azotea del piso de los padres de otro de los nativos, prácticamente en pleno centro. Incluso vimos unos fuegos artificiales que venían de otra parte de la ciudad, porque ya se sabe que esta gente son unos pirómanos de mucho cuidado. En todo caso, impresionante. Y llegó el domingo, cuya mañana pasó la mayor parte de la gente durmiendo la mona de la noche anterior. Andie y yo, que íbamos dispuestos a exprimirle todo el jugo (de naranja) al viaje, nos levantamos pronto y dimos una vuelta por la Ciudad de las Artes y las Ciencias, aunque no llegamos a entrar en nada por falta de tiempo, y cuando el calor empezó a apretar demasiado nos volvimos al hotel a descansar otro ratito. Nos quedamos con la idea de que, en la próxima visita, tenemos que dedicar una tarde a ver al menos el Oceanogràfic, que tiene una pinta estupenda. A mediodía volvimos a encontrarnos con nuestros anfitriones para comer una auténtica paella valenciana en la Malvarrosa, que es la playa de la ciudad. Tantos años creyendo que sabía lo que era la paella, y resulta que no tenía ni idea... A mí la "paella de marisco" (término del que al menos Dídac, que por lo que parece debe de ser un purista en la materia, abomina) me gusta bastante, pero por lo visto no es la Auténtica Paella Valenciana; ésta tiene sólo carne, de pollo y de conejo, y verduras como bachoqueta (judía verde) y garrofó (una especie de alubia grande y plana). Y lo mejor no es sólo que sea auténtica, sino que encima me gusta MUCHO MÁS que la que conocía hasta ahora. Hubo incluso debate entre si nos gustó más la paella o el arroz con cangrejo del día anterior, para asombro de los valencianos, para los que la paella es algo tan cotidiano y habitual (algunos la comen todos los domingos) que daban preferencia absoluta al arroz caldós. Yo no soy muy marisquera, así que habiéndome gustado muchísimo los dos, me quedo con la paella. Tras la paella no pedimos postre, porque venía el momento que Andie y yo habíamos esperado con más ganas durante todo el fin de semana: la horchata con fartons. Dídac nos había prometido a los dos llevarnos a probar una horchata auténtica hace meses, cuando el viaje a Valencia era una mera hipótesis teórica, y desde entonces no habíamos dejado de recordárselo. De hecho, en varias ocasiones bromeamos con que era el único propósito de nuestro viaje, y que si en las distintas negociaciones y reorganizaciones se quedaba fuera, nosotros no íbamos. Y he de reconocer que se portó como un buen amigo: mantuvo y defendió la horchata a capa y espada, incluso cuando los demás argumentaban que no quedaba espacio (ni en la agenda ni en el estómago), e insinuaban que era algo que sólo nos apetecía a nosotros. En todo caso no estábamos muy preocupados, porque aparte de los valencianos, éramos los únicos que volvíamos el lunes por la mañana y no el domingo, de modo que nuestro anfitrión nos había prometido llevarnos más tarde si los demás no colaboraban. Finalmente fuimos todos a la Horchatería Daniel, por lo visto muy conocida, en la Alboraya, de donde la horchata es originaria. A Andie siempre le había hecho ilusión lo de la horchata "natural" (por contraposición con la Chufi, que ya le gusta mucho), y a mí lo de los fartons, de los que no había oído hablar hasta entonces pero que me parecían muy prometedores, tanto por la descripción de Dídac como por su aspecto, en una rápida búsqueda de imágenes que hice en Google justo después. Para los que sean profanos en la materia como yo, los fartons son una especie de bollo alargado, aproximadamente del tamaño de las porras, pero no aceitosos, y más esponjosos. Viéndolos en foto, una se imagina sólo un pan ligeramente dulce, pero en realidad son muy jugosos y recuerdan más bien a los donuts, aunque más caseros. Una verdadera delicia que no me defraudó en absoluto. Después de aquello (algunos, como Javi, Dídac y yo, tuvimos que hacer un sacrificio y comernos tres fartons en lugar de dos, para compensar a los que sólo se habían comido uno), fuimos rodando como pudimos de vuelta al centro, donde tomamos café en el Mercado de Colón, reconvertido en pequeño centro comercial con cafeterías y tienda de libros de El Corte Inglés (y Play Station 3 que alguno se quedó con ganas de probar), y fuimos despidiéndonos escalonadamente de los que se iban a coger sus respectivos trenes. Andie y yo, tras despedirnos de los valencianos, acabamos el finde con un último paseo por la ciudad, yendo a ver las cosillas que se nos habían quedado en el tintero y haciendo las fotos que no nos había dado tiempo a sacar en momentos anteriores. Supongo que no os sorprenderá saber que nos saltamos la cena, y que no me desperté con hambre en medio de la noche, precisamente. El lunes hicimos el viaje de vuelta con nuestro anfitrión más dedicado (Dídac), paramos en el camino a bebernos entre los tres un litro de horchata que Andie previsoramente había comprado en Daniel el día anterior, y tras la comida nos fuimos a dormitar a un par de clases que seguramente fueron interesantísimas (nunca lo sabremos). Saldo del viaje: 600 gramos más en la balanza, tres días de sueño intenso y atención nebulosa en clase, y una sonrisa de oreja a oreja que me vuelve a aflorar cada vez que me acuerdo. A ver si el año que viene nos organizan otra para Fallas... July 06 Semana intensivaEl otro día os contaba que ésta iba a ser una semana un poco peculiar. La primera especialidad es que estamos teniendo el segundo curso intensivo de inglés, y fin de la asignatura, lo que me da mucha pena porque realmente he aprendido un montón, y además en mi grupo (son clases de siete personas) están algunos de mis más favoritos, con los que más me río y con los que mejor me lo paso. Tener el curso intensivo significa, por una parte, un cambio de horarios, ir a clase por las mañanas y tener las tardes (en principio) libres. Y por otra parte significa un respiro de las demás asignaturas, no tener "deberes" y poder ir adelantando trabajo para los próximos exámenes. Todo lo cual es más que bienvenido. Por último, significa tal borrachera de inglés que acabamos todos hablando en spanglish, incluso cuando salimos por ahí en nuestro tiempo libre, lo que puede resultar en ocasiones bastante gracioso.
Lo del spanglish, al menos, pasó mucho cuando hicimos el primer intensivo; esta vez un poco menos, y creo que es porque esta semana tiene más razones para ser peculiar. La principal de ellas fue que el martes la Escuela cumplió con nosotros una promesa hecha largo tiempo atrás: llevarnos de excursión a una destilería. En realidad, nos dividieron en tres grupos, uno fue a una fábrica de cerveza, otro a una destilería de whisky y otro a una de ginebra; yo fui a esta última, y también la mayor parte de la gente con la que mejor me llevo de la clase, así que fue perfecto. El viaje en autobús fue un poco largo, casi dos horas y media, pero no se hizo pesado. Al llegar nos ofrecieron un pequeño desayuno y una no tan pequeña charla, que escuchamos de buen grado porque sabíamos lo que venía después. A continuación nos enseñaron la destilería y todas las fases del proceso de elaboración, embotellado y controles de calidad (el laboratorio olía estupendamente a coco, mmmm...). Después pasamos a un museo que tenían al lado, chulísimo, donde conservaban la maquinaria con la que trabajaba la empresa en el siglo XIX, ¡y que todavía funciona!
Después de toda la parte "cultural" nos invitaron a una comida. ¡Y qué comida! Aquello parecía una boda, incluyendo las mesas redondas y los cartelitos preasignando a cada uno su lugar. Lo del cartelito me pareció un detalle mono, pero algo irritante, porque pensé que sería más lógico que cada cual se sentase con quien le apeteciera, y no donde le colocase gente que no nos conoce de nada. Además, resultó que mi cartelito estaba en una mesa de sólo cinco personas, y la más alejada, lo que me recordó a las últimas dos bodas a las que he asistido; en ambas habían colocado a todos mis amigos en la misma mesa, y al ser demasiados, a Andie y a mí nos habían puesto aparte con otra pareja que, francamente, no son la alegría de la huerta, y con todos los invitados inclasificables (lo que yo llamo la "mesa residual"). Me dio un puntito de fastidio, y cuando vi a otra chica cambiando cartelitos, sin pensármelo mucho cambié el mío también. Ahora me arrepiento, porque el chico por el que me cambié y los demás miembros de aquella mesa se enteraron de la jugada, y siento que puedan pensar que no quería sentarme con ellos; nada más lejos de la realidad, tratándose nada menos que de mi binomio Sandra y de alguno de los chicos a los que más aprecio de toda la clase (y con los que siempre me gusta estar). Fue un momento de enajenación mental transitoria, pero igual debería disculparme con ellos; ¿qué creéis?
La comida, como digo, estuvo genial. La bebida también... Y aquí viene la parte decadente de la jornada, pues empezamos todos muy dignos con un fino (la empresa maneja muchas marcas conocidas, no sólo de ginebra sino de otras bebidas), luego el vino blanco, luego el tinto, luego el licorcito, luego las copas... Y claro, aprovechando la generosa invitación y la total convicción de que allí no había lugar para el garrafón, nos terminamos bebiendo hasta el agua de los floreros. Tendríamos que haber salido de vuelta hacia Madrid a las cinco, pero los responsables de la excursión convencieron al conductor del autobús de que nos esperase hasta las seis; y cuando tal hora llegó, un par de salerosas hicieron una colecta para sobornar al pobre hombre y que nos diera prórroga hasta las siete y media. Cuando nos fuimos, además del obsequio que nos hicieron a cada uno de una botella de ron de siete años, hubo quien se llevó alguna otra botella que se había quedado a medias; y con todo ese material varios de los tíos nos amenizaron el viaje de vuelta con una competición de beber a morro durante el mayor número de segundos posible. Creo que los campeones quedaron en siete segundos de vodka y once segundos de ron, más o menos. Desde entonces, para mí, la imagen de la decadencia es beber whisky Chivas a morro en la parte de atrás de un autobús. Y mi cámara de fotos y yo, que estábamos sobrias por tener que coger el coche desde Madrid a mi casa, tenemos pruebas gráficas de todo ello.
Fue un día memorable, como lo fueron las caras de zombi de todos al día siguiente; y todos estamos de acuerdo en que volveríamos a repetirlo en cuanto nos dieran ocasión, lo cual, como dice un compañero, es muy buena señal.
Al día siguiente sí tuvimos que quedarnos en la Escuela por la tarde, pero a pesar de las condiciones en que muchos nos encontrábamos, fue algo bastante entretenido. Teníamos la "prueba final" de Formación Directiva, que consistía en hacer un ejercicio de hablar en público, contando al resto de la clase cualquier cosa durante el breve plazo de cinco minutos. Hubo de todo: recetas de cocina, como la de Vicente, que estuvo genial empezando con una ambigua digresión sobre el dilema de "carne o pescado" y acabó contándonos como se hace una auténtica paella valenciana (¿Sabíais que es mejor emplear leña de naranjo que, por ejemplo, de encina, porque tiene menos poder calorífico y así no se quema el arroz? Lo que no sepa este chico...); guías de viaje, como la de Raquel sobre los templos de Angkor o la de María (que es una de esas personas favoritas con las que tanto me río) de Nueva York; episodios históricos, como la batalla de las Termópilas por nuestro "chico 10" de la clase (es virtualmente perfecto, y haciendo presentaciones también; lo considero casi un fenómeno paranormal), o el siglo XVIII, así en general (¡¡!!) por nuestro ilustre delegado de clase.
Hubo algunas más variopintas, como una que nos contaba la fiesta de la Enramá, en Las Hurdes, donde los mozos y mozas del pueblo se emparejan por sorteo y hacen de novios durante una semana, antes de decidir si quieren prolongar la experiencia o si como gracia ya les vale (con la suerte que yo tengo en los sorteos, creo que de ser vecina de ese pueblo optaría por empadronarme en Andorra). El más sabio en elegir tema fue Germán, que nos explicó con todo lujo de detalles el importe y componentes de la que será nuestra primera nómina cuando nos nombren funcionarios de carrera, y la proyección de la misma que cabe esperar en los primeros doce meses; con lo cual, por supuesto, se ganó nuestra atención incondicional (yo hasta cogí apuntes, y copias de la presentación rulan por la clase más deprisa que cualquier panfleto incendiario). Mis cinco minutos los dediqué a explicar por qué no es delito bajarse cositas del Emule, aunque a veces nos quieran hacer creer lo contrario; considero una importante labor social extender ese conocimiento.
Como anécdota final, os contaré que Dídac pensaba hacer una especie de monólogo cómico sobre cómo sobrevivir en Madrid con nuestro sueldo de menos-que-mileuristas; pero al haber sido uno de los campeones de la tarde anterior bebiendo en el autobús, llegó a la Escuela a las dos y media de la tarde y "no estaba para gracietas". De modo que optó por meterse a investigar en internet y cuasi-improvisar un nuevo tema, también de rabiosa actualidad: la resaca. Como yo andaba por allí haciendo tiempo para la tarde, y ya tenía preparada mi arenga pro-Emule, le ofrecí un apoyo audiovisual de valor incalculable: las fotos de la jornada anterior. Para no complicar mucho la cosa, optamos por pegar unas cuantas en un Power Point y hacer que fueran pasando ellas solas cada diez segundos, en un bucle sin fin. He de decir que la presentación fue un éxito, tanto por lo mucho que se divirtió la gente viendo las fotos e ignorando al ponente como por la acertadísima actuación de éste representando a un sujeto con resaca (parecía real como la vida misma). El profesor hizo una reflexión sobre determinados apoyos audiovisuales, que son un arma de doble filo pues pueden sustraer la atención de nuestro público; pero no descarto la idea de que ése fuese precisamente el objetivo a conseguir, en este caso concreto.
Mañana se acaba la semana, y creo que no hay actividades extracurriculares previstas para la tarde, de modo que una vez más, lo bueno se acaba. Al menos puede que este finde vuelva a dormir ocho horas seguidas. Lo echo de menos.
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